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El perfume

El lenguaje de Jean Baptiste Grenouille

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A Grenouille en algunos fragmentos escogidos de la obra lo muestran en momentos cruciales de su constitución como sujeto: “Grenouille, sentado sobre el montón de troncos con las piernas estiradas y la espalda apoyada contra la pared del cobertizo había cerrado los ojos y estaba inmóvil. No veía, oía, ni sentía nada, sólo percibía el olor de la leña, que le envolvía y se concentraba bajo el tejado como una cofia. Aspiraba este olor, se ahogaba en él, se impregnaba de él hasta el último poro, se convertía en madera, en un muñeco de madera, en un Pinocho, sentado como muerto sobre los troncos hasta que, al cabo de mucho rato, tal vez media hora, vomitó la palabra ‘madera’, la arrojó por la boca como si estuviera lleno de madera hasta la orejas, como si pugnara por salir de su garganta después de invadirle la barriga, el cuello y la nariz. Y esto le hizo volver en sí y le salvó cuando la abrumadora presencia de la madera, su aroma, amenazaba con ahogarle. Se despertó del todo con un sobresalto, bajó resbalando por los troncos y se alejó tambaleándose, como si tuviera piernas de madera. Aún varios días después seguía muy afectado por la intensa experiencia olfatoria y cuando su recuerdo lo asaltaba con demasiada fuerza, murmuraba ‘madera, madera’ como si fuera un conjuro. Así aprendió a hablar. Las palabras que no designaban un objeto oloroso, o sea, los conceptos abstractos, ante todo de índole ética y moral, le presentaban serias dificultades” [...] “el lenguaje corriente habría resultado pronto escaso para designar todas aquellas cosas que había ido acumulando como conceptos olfativos. Pronto no olió solamente a madera, sino a clases de madera, arce, roble, pino, olmo, peral, a madera vieja, joven, podrida, mohosa, musgosa, e incluso a troncos y astillas individuales y a distintas clases de serrín y los distinguía entre sí como objetos claramente diferenciados, como ninguna otra persona habría podido distinguirlos con los ojos. Todas estas grotescas desproporciones entre la riqueza del mundo percibido por el olfato y la pobreza del lenguaje hacían dudar al joven Grenouille del sentido de la lengua y sólo se adaptaba a su uso cuando el contacto con otras personas lo hacía imprescindible” [...] “Había reunido y tenía a su disposición diez mil, cien mil aromas específicos” [...] “con su sola fantasía era capaz de combinarlos entre sí, creando nuevos olores que no existían en el mundo real. Era como si poseyera un inmenso vocabulario de aromas que le permitiera formar a voluntad enormes cantidades de nuevas combinaciones olfatorias, a una edad en que otros niños tartamudeaban con las primeras palabras aprendidas, las frases convencionales, a todas luces insuficientes para la descripción del mundo. Si acaso lo único con que podía compararse su talento era la aptitud musical de un niño prodigio que hubiera captado en las melodías y armonías el alfabeto de los distintos tonos y ahora compusiera él mismo nuevas melodías y armonías, con la salvedad de que el alfabeto de los olores era infinitamente mayor y más diferenciado que el de los tonos”.

Aprender a hablar no es cualquier cosa para Grenouille; hasta que logra vomitar la palabra liberadora lo vemos secuestrado en una relación mortífera. La importancia de un primer movimiento de expulsión ha sido señalada en la teoría psicoanalítica como un mojón fundamental, que sienta las bases para empezar a jugar como sujeto en el juego de la vida. En el conocido ejemplo del Fort—Da, de Más allá del principio del placer (Freud, S., 1920), en que el niño, carretel y palabra mediante, podrá tomar distancia y simbolizar la angustiante alternancia materna, Freud señalará el predominio del movimiento de lanzamiento del juguete con respecto al de su recuperación. Años más tarde, en La negación (Freud, S., 1925), nos hablará de la importancia de un primer tiempo proyectivo como base para el logro del pensamiento judicativo. La emisión de esta palabra fundante y separadora instala a nuestro personaje en un mundo de diferencias, dentro del cual, y recién entonces, podrá hablar de un antes y de un después, de ventajas e inconvenientes. Pasado el sofocón de las primeras escenas del relato, lo vemos a Grenouille instalado en un más acá más confortable; enfermo ya de humanidad, empieza a mostrar algunas características molestas de los seres parlantes. Porque aunque no tenga reparos en apelar a las palabras como mágico conjuro obsesivo frente al recuerdo—llamado del más allá, se mostrará insatisfecho con su reciente adquisición, formulándose preguntas acerca del sentido del lenguaje al que encontrará escaso e insuficiente. Ante una falla sin responsables a la vista, Grenouille tendrá una respuesta atinada pero infrecuente entre los mortales: no hará de algo (su insatisfacción) un alguien, o de una frustración un frustrador, sino que se las tomará con el lenguaje mismo. A la manera histérica sufrirá de reminiscencias, evocando con nostalgia la supuesta riqueza de un mundo del que no parecía poder disponer, porque Grenouille, si algo ha perdido en este paso estructurante, es un objeto sólo retroactivamente marcado como rico, ha perdido algo que no tenía. Si Grenouille se dedicase a la Psicología, quizá adscribiría a modelos genético—evolutivos, e intentaría demostrarnos cómo las diferencias ya estaban presentes en el campo de la sensorialidad antes que las palabras llegasen como recurso insuficiente para expresarlas. ¿Puede el ser humano tener una evidencia del objeto no mediada por la palabra? Algo así se plantea Freud (1930) en El malestar en la cultura, a propósito del sentimiento oceánico; este sentimiento de indisoluble comunión, de inseparable pertenencia a la totalidad del mundo exterior, sin límites ni barreras que en su variante persecutoria aparece en nuestro ejemplo, difícilmente sea primario, dice Freud. Dudando que “el hombre pueda intuir su relación con el mundo exterior a través de un sentimiento directo”. “Pronto”, dice el texto de Süskind, o sea después –digo yo– “no olió solamente a madera, sino a clases de madera…”. Algo tuvo que pasarle a Grenouille para poder operar combinatoriamente con estas categorías, “componiendo nuevas melodías y armonías”, pero, una vez que accedió a las mismas, automáticamente dio por sentada su preexistencia en el hasta entonces terrorífico e indiscriminado mundo de los olores. Sin ánimo de reflotar la recurrente discusión estructura—historia, que nos envuelve con frecuencia, me interesa señalar cómo esta operación de constitución—castración, que vivifica y divide a Grenouille, instaura dos campos entre los que reinará una tensión irreductible, una diferencia de potencial sin solución, que se parece bastante a aquello que en psicoanálisis calificamos como deseo. ¿Con cuál nos quedamos?, ¿dónde preferimos estar?, ¿en el resguardo insuficiente de las palabras?, ¿o en la añoranza de un mítico mundo natural al que supuestamente podríamos retornar? Más allá de gustos, o mejor dicho de posibilidades, lo que se puede observar es la falta de armonía, o correspondencia total entre ambos territorios. La diferencia, lo que se pierde en el momento de constitución de los mismos, será la causa de un eterno movimiento de uno hacia otro, empujando en pos de una nivelación imposible. Antes de dejar descansar nuestro ejemplo nos quedan algunas fragancias por extraer de este insólito ingreso de Grenouille al mundo de la cultura por vía de la autogestión. La ausencia de otros personajes ya comentada, que hace a lo poco creíble de esta posibilidad de subjetivación, nos da la chance, al anular la vertiente imaginaria del Edipo, de acceder a una visión descarnada del mismo, en donde lo jerarquizado pasa a ser el momento de intersección del personaje con la estructura del lenguaje. El vínculo inicial asfixiante con la madre, casi un anagrama de la palabra madre, en su nada idílica presencia, es una buena representación del devorador deseo materno, tal como aparece descrito en las fantasías kleinianas o en las observaciones más tardías de Freud, referidas a la fase preedípica de la niña. Por otra parte, el efecto de salvataje operado por la función paterna es posible de ser figurado por ese movimiento que ubica a Grenouille en el mundo de las palabras. El despegue del objeto materno incestuoso nunca es completo, la hegemonía de lo simbólico no es total; si el sepultamiento del Edipo fuese algo definitivo y no una mera represión, los vínculos objetales primeros se trasvasarían sin retorno al sistema de identificaciones que resulta del proceso. El principio del placer en su estado puro, que llevaría a la extinción total, al cero (como sugiere una de las especulaciones de Más allá del principio del placer), es sólo pensable teóricamente como posibilidad; la incorporación de un más allá instaurará la tensión permanente inherente a la vida.

Por: Daniel Rodríguez

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